No siempre Dios se manifiesta de la manera que imaginamos. Muchas veces esperamos una señal extraordinaria, una voz inconfundible o una respuesta que llegue exactamente de la forma en que la hemos pedido. Sin embargo, mientras esperamos algo espectacular, podemos pasar por alto las maneras sencillas en las que Dios ya está actuando a nuestro alrededor.
Puede hablarnos por medio de una palabra pronunciada en el momento preciso, de una persona que nos anima, de alguien que nos abre una puerta, de una oportunidad inesperada o simplemente de quien se acerca para decirnos: “Dios te bendiga”. No significa que cada palabra humana sea automáticamente la voz de Dios, sino que debemos aprender a discernir cómo Él puede utilizar a otras personas para traer ánimo, dirección y bendición a nuestra vida.
El mensaje de hoy comienza señalando un obstáculo que muchas veces nos impide percibir todo esto: la falta de fe. Cuando el temor domina nuestros pensamientos, incluso aquello que Dios está haciendo puede parecernos insuficiente. Por eso necesitamos aprender a mirar más allá de lo inmediato y recordar quién es la fuente de nuestra provisión. Como está escrito:
“La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.”
Hebreos 11:1
La fe no consiste en negar la realidad. Consiste en reconocer que la realidad visible no es todo lo que existe y que Dios puede estar obrando incluso cuando todavía no podemos comprender cómo.
Dice el Padre:
Destruyan toda palabra que haya querido levantar temor, desaliento o incredulidad dentro de ustedes. No permitan que la falta de fe se convierta en el obstáculo que les impida avanzar, porque muchas veces la barrera más grande no está delante del camino, sino dentro de la mente de quienes han dejado de creer. Pongan fe y empeño en aquello que hacen. Aprendan a mirar lo que todavía no existe como una posibilidad que puede llegar a ser, recordando que Yo soy el Dios que llama las cosas que no son como si fueran. Así fue escrito acerca de Abraham:
“Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen.” Romanos 4:17.
No se trata de nombrar caprichosamente todo cuanto desean, sino de aprender a caminar creyendo que aquello que hoy todavía no pueden ver no está fuera de mis posibilidades. También quiero que recuerden el nombre que les he dado. Les he llamado hijas e hijos. Cuando digo que son mis hijas y mis hijos, les estoy recordando que me pertenecen, que tienen identidad y que no caminan como personas abandonadas. Mi amor les ha dado pertenencia, y aquello que Yo he depositado en ustedes lleva también una identidad.
“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios.”
1 Juan 3:1
Por eso no vivan constantemente con temor de perder aquello que he puesto en sus manos. Cuiden responsablemente lo que poseen, trabajen por ello y actúen con sabiduría, pero no permitan que el miedo a perder gobierne su corazón. Lo verdaderamente importante no depende únicamente de que ustedes puedan sujetarlo con sus manos.
Yo bendigo su salida y su entrada. Bendigo los caminos que todavía nos quedan por recorrer. Hay trayectos que aún no conocen, lugares a los que todavía no han llegado y oportunidades que hoy todavía no pueden ver, pero Yo ya estoy delante de ustedes.
He abierto fuentes inagotables. Son fuentes que llenan y vuelven a llenar. No tengan miedo de que el pozo permanezca seco para siempre, porque la verdadera fuente no es el pozo: Yo soy quien alimenta la fuente. Yo soy el agua que sacia. Por eso no teman ni desmayen, porque estoy con ustedes. Cuando una fuente visible parezca disminuir, no concluyan inmediatamente que todo ha terminado. Recuerden de dónde viene realmente la provisión. Jesús dijo:
“El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.”
Juan 7:38
Y quiero enseñarles también a reconocerme. Muchas veces han esperado verme de una determinada manera. Han imaginado cómo debería sentirse mi presencia, cuál debería ser el tono de mi voz o de qué manera tendría que llegar una respuesta. Pero quizá me encontrarán de una manera diferente a la que imaginaron.
Me reconocerán por lo que produzco.
Podrán reconocerme en las palabras de ánimo que otras personas pronuncian sobre ustedes. Podrán descubrir mi cuidado cuando alguien se acerca en el momento preciso, cuando una persona les ofrece una oportunidad, cuando reciben una llamada que abre un camino o cuando alguien reconoce sinceramente aquello bueno que he depositado en sus vidas.
Quizá no escucharán el tono de voz que imaginaban, pero podrán escuchar una palabra de bendición.
Quizá no verán el rostro que habían imaginado, pero podrán encontrar una persona que llegue hasta ustedes llevando exactamente aquello que necesitaban escuchar.
No confundan a la persona conmigo. Cada ser humano sigue siendo humano, con virtudes, limitaciones y decisiones propias. Pero aprendan a reconocer que Yo también puedo actuar a través de las personas.
Cuando alguien les busque con una intención buena, cuando una persona valore su trabajo, cuando les llegue una oportunidad limpia, cuando alguien les diga sinceramente “Dios te bendiga”, no lo reciban todo como si fuera simplemente casualidad. Deténganse también a considerar si detrás de esa experiencia estoy recordándoles: Aquí estoy.
Puede ser que no puedan verme con sus ojos, pero puedo manifestar mi cuidado mediante quienes les rodean. Puedo utilizar palabras sinceras para fortalecerles, personas para abrir caminos y encuentros para confirmar aquello que estoy haciendo.
Por eso cuiden también sus propios labios. Así como una palabra puede levantar a alguien, otra puede herir profundamente. El amor facilita la bendición porque una persona que ama está más dispuesta a hablar palabras que edifican. Cuando en el corazón se acumulan odio, resentimiento o enojo, también es más fácil que de la boca salgan palabras que hieran, dividan o aten emocionalmente a quienes las reciben. La Escritura enseña:
“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación.”
Efesios 4:29
Por eso no guarden rencor contra nadie. No alimenten permanentemente el enojo. Esto no significa aprobar las injusticias ni permanecer en relaciones dañinas; significa no permitir que el resentimiento tome posesión del corazón y termine determinando las palabras que salen de su boca.
Yo les llamo a bendecir. Bendigan cuando sea fácil y aprendan también a bendecir cuando sea difícil. No porque toda conducta sea correcta, sino porque ustedes no necesitan convertirse en aquello mismo que les ha herido. Jesús enseñó:
“Bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.”
Lucas 6:28
Quiero que sean personas cuyos labios puedan ser utilizados para dar vida. Que cuando alguien se acerque a ustedes encuentre una palabra que construya, una respuesta que traiga paz y una actitud que no reproduzca el mismo daño que quizá ustedes recibieron. Así como les enseño a reconocer mi bendición cuando llega por medio de otras personas, también quiero que comprendan que ustedes pueden convertirse en el medio por el cual otra persona reciba una bendición.
Quizá alguien escuche mi consuelo a través de las palabras que ustedes pronuncien.
Quizá alguien descubra esperanza porque ustedes decidieron animarle.
Quizá una oportunidad llegue a otra persona porque ustedes abrieron una puerta.
Quizá alguien vuelva a creer porque ustedes decidieron bendecir en lugar de condenar.
Por eso caminen con fe. Recuerden que la fuente no se agota. No teman constantemente perder lo que hoy poseen, ni permitan que la incredulidad cierre sus ojos a aquello que sigo haciendo.
Miren alrededor.
Escuchen con atención.
Disciernan.
Porque quizá han estado esperando encontrarme solamente en lo extraordinario, mientras Yo llevo tiempo diciéndoles mediante muchas personas y circunstancias sencillas:
Aquí estoy.
Este mensaje nos invita a desarrollar una sensibilidad diferente ante la vida cotidiana. Muchas veces pedimos a Dios una respuesta y luego establecemos de antemano cómo debe llegar. Si no ocurre exactamente como lo imaginamos, pensamos que Dios no respondió.
Pero la respuesta puede llegar de otra manera. Puede aparecer en una conversación, en una oportunidad laboral, en alguien que reconoce nuestro esfuerzo, en una persona que se acerca para ayudarnos o incluso en unas sencillas palabras de bendición. El mensaje insiste precisamente en aprender a reconocer a Dios aun cuando no aparezca con “el rostro” o “el tono de voz” que esperábamos.
Esto requiere discernimiento. No significa atribuir automáticamente a Dios todo aquello que alguien nos diga. Las palabras humanas deben examinarse a la luz de las Escrituras, del carácter de Dios y de los frutos que producen. Pero tampoco debemos cerrar nuestros ojos a la posibilidad de que Dios utilice a otras personas para ayudarnos.
Existe además una segunda enseñanza. Si Dios puede utilizar los labios de alguien para bendecirnos, también puede utilizar nuestros labios para bendecir a alguien más. Por eso nuestras palabras importan. Santiago escribió:
“Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres… Hermanos míos, esto no debe ser así.”
Santiago 3:9-10
De allí la importancia de no cultivar rencor. El mensaje original relaciona directamente el amor con una mayor disposición para bendecir y advierte acerca de permitir que el odio se transforme en palabras dañinas. Tal vez, entonces, podamos comenzar a observar nuestra vida desde dos preguntas.
Primero: ¿de qué maneras está Dios bendiciéndome a través de quienes me rodean?
Y segundo: ¿de qué manera puede Dios utilizarme hoy para bendecir a alguien más?
Cuando aprendemos a vivir de esa manera, dejamos de esperar únicamente grandes señales y empezamos a descubrir la presencia de Dios también en las cosas sencillas.
En una palabra oportuna.
En una puerta que se abre.
En una persona que llega.
En alguien que nos anima.
En una bendición pronunciada sinceramente.
Y quizá, justamente allí donde menos lo esperábamos, podamos escuchar nuevamente:
Aquí estoy.

