Ladrillo a ladrillo

Hay construcciones que se levantan rápidamente y otras que necesitan tiempo. Las más importantes suelen pertenecer al segundo grupo. Una vida, un carácter, una vocación, un proyecto o una obra que pueda permanecer no se forman en un solo día. Se construyen lentamente, decisión tras decisión, experiencia tras experiencia, como quien coloca un ladrillo sobre otro hasta descubrir que aquello que alguna vez fue solamente un comienzo se ha convertido en una casa.

Muchas veces, mientras estamos dentro del proceso, no alcanzamos a percibir cuánto se ha construido. Vemos las dificultades recientes, las puertas que todavía permanecen cerradas o aquello que aún falta por alcanzar, pero olvidamos mirar todo lo que ya ha sido levantado.

Por eso este mensaje utiliza una imagen especialmente significativa: “he ido con ustedes de ladrillo a ladrillo”. Oración por protección. No habla solamente de proyectos exteriores. Habla también de lo que Dios forma dentro de las personas: convicciones, carácter, paz, discernimiento, capacidad para trabajar y una manera diferente de relacionarse con aquello que llega a nuestras manos.

Pablo escribió:

“Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios.”
1 Corintios 3:9

La vida también puede ser una construcción espiritual. Y mientras Dios construye, aprendemos que no toda tormenta significa que la casa va a caer.


Dice el Padre:

Quiero que aprendan a escuchar mi voz aun en medio de sus propios pensamientos. No toda idea que cruza por la mente debe gobernarles, ni toda preocupación merece convertirse en una certeza. Aprendan a distinguir la voz que trae dirección de aquello que solamente produce temor.

No olviden que mi mano ha estado en lo que se ha construido. No hay tormenta que deba hacerles pensar inmediatamente que todo aquello que hemos levantado va a desaparecer. Yo he caminado con ustedes ladrillo a ladrillo. He trabajado en sus vidas como quien edifica una casa en la que desea habitar. He formado convicciones, he corregido caminos, he permitido experiencias, he fortalecido capacidades y he ido construyendo algo que muchas veces ustedes mismos no alcanzan todavía a contemplar en su totalidad.

Como está escrito:

“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”
1 Corintios 3:16

Por eso no miren su vida solamente desde aquello que todavía falta. Miren también aquello que ya ha sido construido. Hay cosas que antes les hacían caer y ahora solamente les hacen detenerse y pensar. Hay situaciones que antes producían desesperación y hoy pueden enfrentarlas con mayor serenidad. Hay decisiones que alguna vez habrían tomado apresuradamente y que ahora saben esperar. Eso también es construcción. Eso también es crecimiento.

Y quiero traer paz y más paz a sus vidas. La paz no significa que nunca habrá dificultades. Significa que las dificultades ya no tienen que gobernar el interior. Una persona que aprende a caminar en paz comienza a ser reconocida precisamente por la manera en que responde cuando alrededor existe presión. No porque jamás sienta preocupación, sino porque ha aprendido dónde llevarla.

“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado.”
Isaías 26:3

Por eso no permitan que el tormento se convierta en su manera habitual de vivir. Escuchen mi voz cuando les recuerdo: “No te dejaré ni te desampararé.” Porque está escrito:

“No te desampararé, ni te dejaré.”
Hebreos 13:5

Cuando una puerta parezca incierta, recuerden las puertas que ya se han abierto.

Miren cómo, una tras otra, algunas cosas que antes parecían lejanas han comenzado a encontrar camino. Quizá no todas llegaron de la manera que imaginaron. Quizá algunas necesitaron más tiempo. Pero pueden mirar atrás y reconocer movimiento. Por eso sigan confiando y sigan esforzándose. No confundan confiar con permanecer inmóviles. La confianza también trabaja. La confianza también aprende. La confianza también se prepara. La confianza toca puertas sin desesperarse si alguna permanece cerrada. Y mientras ustedes hacen aquello que les corresponde, permitan que Yo haga aquello que ustedes no pueden hacer.

Las bendiciones llegan y seguirán llegando. Pero no quiero que midan la bendición solamente por aquello que reciben para ustedes mismos. Hay una etapa de crecimiento en la que una persona deja de pensar únicamente en obtener y comienza a preguntarse:

¿A cuántas personas puede alcanzar aquello que Dios está construyendo en mi vida?

Quiero que comprendan ese principio. El crecimiento no consiste solamente en subir. Consiste también en crear espacio para que otras personas puedan avanzar. Cuando una oportunidad que llega a sus manos permite que alguien encuentre trabajo, que una familia reciba sustento, que una comunidad mejore o que otra persona pueda desarrollar sus capacidades, la bendición deja de ser individual y comienza a multiplicarse. Eso es convertirse en agente de cambio. No se trata simplemente de ser reconocido o reconocida. Se trata de que aquello que recibieron pueda producir algo bueno alrededor. Jesús dijo:

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”
Mateo 5:16

Por eso no tengan miedo de crecer. Pero tampoco permitan que el crecimiento les haga olvidar los principios con los que comenzaron. Nuestro camino debe continuar unido a la honestidad y al trabajo. Porque de nada sirve ganar mucho exteriormente si para conseguirlo terminamos perdiendo aquello que somos interiormente.

¿De qué serviría obtener reconocimiento, dinero o posiciones si para alcanzarlos hubiera que abandonar los principios?

Jesús preguntó:

“¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?”
Mateo 16:26

Por eso quiero que aquello que construyan pueda ser visto con tranquilidad. Que puedan explicar de dónde vino. Que puedan mostrar cómo fue hecho. Que no necesiten esconder las decisiones que permitieron alcanzarlo. Trabajen con honestidad. Cobren justamente. Cumplan aquello que prometan. Reconozcan sus errores cuando sea necesario. Traten correctamente a quienes trabajan con ustedes. No conviertan a las personas únicamente en instrumentos para alcanzar sus objetivos. Recuerden que también ellas forman parte de aquello que están construyendo.

Cuando trabajan de esa manera, la ganancia no queda solamente aquí. Por eso siembren bien. Porque cada buena semilla puede producir más de una cosecha. Una acción correcta puede traer un beneficio inmediato y, al mismo tiempo, construir reputación. Una decisión honesta puede significar renunciar hoy a una ventaja, pero preservar mañana la confianza de muchas personas. Un trabajo hecho con excelencia puede terminar abriendo una puerta que ustedes todavía no conocen. Una oportunidad que comparten puede convertirse en sustento para otra familia. Una palabra correcta puede permanecer en alguien durante años. Por eso no piensen solamente en la cosecha que pueden ver.

Quien siembra bien puede cosechar más de una vez.

Y aquello que hacen correctamente también puede tener recompensa aquí. No necesariamente siempre de manera inmediata ni exactamente en la forma que esperan, pero la integridad deja huellas. La excelencia deja huellas. La manera en que tratamos a las personas deja huellas. El trabajo bien hecho deja huellas. Por eso continúen. Ladrillo a ladrillo. Puerta tras puerta. Decisión tras decisión.

No permitan que una tormenta les haga olvidar toda la construcción. No permitan que una dificultad momentánea borre de su memoria los años de aprendizaje. No permitan que una puerta cerrada les haga pensar que ninguna otra se abrirá. Sigan caminando en paz. Sigan trabajando. Sigan confiando. Sigan construyendo con honestidad. Porque aquello que vale la pena no siempre se levanta rápidamente. Muchas veces se construye así:

ladrillo a ladrillo.


La imagen más poderosa de este mensaje quizá sea también una de las más sencillas:

Dios construyendo “ladrillo a ladrillo”.

Una pared no se sostiene gracias a un único ladrillo extraordinario. Se sostiene porque muchas piezas han sido colocadas correctamente, una después de otra. Así sucede también con una vida. Una decisión honesta puede parecer pequeña. Una jornada de trabajo bien realizada puede parecer rutinaria. Una conversación en la que elegimos responder con paz quizá pase desapercibida. Una oportunidad que compartimos con alguien puede parecer un gesto sencillo. Pero ninguna de esas cosas está aislada.

Son ladrillos.

Con ellos se construye el carácter. Con ellos se construye la confianza. Con ellos se construye una reputación. Con ellos se construyen proyectos. Y también con ellos se construye una manera de vivir.

El mensaje une además dos cosas que no deberían separarse: crecimiento y honestidad.

Habla de puertas que se abren, de convertirse en agente de cambio, de crear oportunidades para otras personas y de continuar avanzando; pero inmediatamente recuerda que el camino debe permanecer ligado a la honestidad y al trabajo. Oración por protección.

Eso es especialmente importante porque no todo crecimiento puede considerarse éxito. Crecer perdiendo nuestros principios no es verdadero crecimiento. Prosperar perjudicando a otras personas no es verdadera prosperidad. Llegar más alto destruyendo todo lo que había dentro tampoco puede llamarse victoria. La verdadera construcción necesita cimientos. Jesús lo explicó mediante la imagen de una casa:

“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.”
Mateo 7:24

Después vinieron la lluvia, los ríos y los vientos. La tormenta existió. Lo que cambió fue el fundamento. Quizá esa sea también la respuesta para nuestros propios procesos. No necesitamos una vida sin tormentas. Necesitamos construir de tal manera que las tormentas no puedan llevarse todo aquello que hemos llegado a ser.

Con fe.

Con paz.

Con trabajo.

Con honestidad.

Con excelencia.

Y comprendiendo que aquello que Dios permite crecer en nuestras manos puede convertirse también en una oportunidad para que otras personas crezcan. Entonces podremos mirar hacia atrás y descubrir que muchas cosas que parecían pequeñas estaban formando parte de una obra mucho mayor.

Una decisión.

Una experiencia.

Una puerta.

Una persona.

Una oportunidad.

Un aprendizaje.

Ladrillo a ladrillo.

Y quizá algún día, cuando contemplemos todo lo construido, comprenderemos que Dios estuvo presente durante mucho más tiempo del que alcanzábamos a percibir mientras colocábamos cada pieza.

Ladrillo a ladrillo.

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