Después de la aflicción, volvemos a edificar

Hay momentos en los que aquello que parecía seguro desaparece de un día para otro. Puede ser una oportunidad, una fuente de ingresos, una relación, un proyecto, una posición o simplemente la sensación de que teníamos el futuro bajo control. Lo que ayer parecía firme puede sentirse, de repente, como algo arrebatado por un viento fuerte.

Entonces descubrimos dónde habíamos colocado nuestra seguridad. En esos momentos, la oración deja de ser solamente una práctica y se convierte en un clamor: “Ayúdame.” El salmista conoció esa experiencia:

El mensaje que sigue nace precisamente de ese lugar. Habla de pérdidas, de confianza, de provisión, de descanso y de volver a comenzar. Pero, sobre todo, recuerda que la aflicción no tiene por qué convertirse en nuestro lugar permanente.

Dice el Padre:

Desde la aflicción clamaste a Mí. Dijiste: “Ayúdame.” Y tu voz fue escuchada. Hubo un momento en el que viste desaparecer aquello en lo que habías colocado parte de tu seguridad. Lo que parecía estar firmemente en tus manos fue removido con rapidez, como cuando llega un viento fuerte y cambia en pocos minutos aquello que parecía estable.

Entonces comprendiste que no todo aquello que poseemos puede convertirse en fundamento. Hay cosas que pueden irse. Las circunstancias cambian. Las puertas pueden cerrarse. Lo que hoy parece seguro mañana puede dejar de estar. Pero Yo permanezco. Por eso está escrito:

No quiero que confundas aquello que perdiste con tu identidad. No eres lo que posees ni solamente aquello que has conseguido. Tu valor no disminuye cuando algo sale de tus manos, y una pérdida no significa necesariamente que tu historia haya terminado.

Yo conozco aquello que se perdió. Conozco aquello que fue quitado y también cuánto dolió verlo desaparecer. Pero quiero enseñarte a mirar más allá de lo que ya no está, porque mientras tú puedes ver una pérdida, Yo todavía puedo ver posibilidades de reconstrucción. Hubo momentos en los que tenías poco y, aun así, estabas dispuesto o dispuesta a dar. Eso revela algo importante del corazón.

Dar cuando sobra puede resultar sencillo, pero compartir cuando también tenemos necesidades muestra una confianza diferente. Recuerdo las veces en que dijiste, aun sin tener todas las respuestas: “Yo confío en Ti porque sé que Tú proveerás.” Esa confianza quiero que permanezca.

No una confianza ingenua que ignore la realidad ni una confianza que impida planificar, trabajar o administrar responsablemente, sino aquella que puede mirar una situación difícil y decir: “No sé todavía cómo se resolverá, pero no voy a permitir que el miedo gobierne mis decisiones.” Como escribió David:

Observa que no dice que nunca sintió temor. Dice que, cuando el temor apareció, tomó una decisión: confiar.

Eso quiero enseñarte. No necesitas avergonzarte porque alguna vez aparezca la duda. Hay momentos en los que el corazón tiembla, hay preguntas y hay incertidumbre. La diferencia está en lo que hacemos cuando esas cosas aparecen.

Puedes alimentar la duda hasta convertirla en desesperación, o puedes reconocerla, llevarla delante de Mí y decidir que no ocupará el lugar de la fe. Porque quienes me conocen también atraviesan dificultades, también sienten cansancio y también pueden tener momentos de incertidumbre, pero aprenden a no permanecer allí.

Cuando la duda llega, no le entregan la casa entera. La reconocen y la echan fuera. Recuerdan las veces anteriores en las que mi mano se movió, recuerdan aquello que ya atravesaron y recuerdan que hubo momentos en los que parecía que todo terminaba y, sin embargo, el camino continuó.

Por eso no vivas con tormento intentando anticipar cada problema. Hay temporadas en las que necesitas descansar. No porque hayas renunciado ni porque hayas dejado de avanzar, sino porque incluso antes de volver a construir, algunas veces es necesario recuperar fuerzas.

El descanso también puede formar parte del proceso. Hay momentos para trabajar intensamente y hay momentos para permitir que el corazón se calme. Hay temporadas para sembrar y otras para esperar. Pero el descanso no es el final.

Después viene nuevamente el tiempo de edificar. Sin afanes, sin tormentos, sin vivir continuamente bajo la aflicción. Comenzamos a construir otra vez.

No necesariamente reconstruyendo exactamente aquello que existía antes. Hay ocasiones en que la nueva etapa será diferente. Quizá no levantarás la misma estructura. Quizá aparecerán oportunidades distintas. Quizá cambiarán las personas, los lugares o las circunstancias. Pero continuarás edificando.

Porque una pérdida puede cerrar un capítulo sin cerrar la historia. Nehemías contempló una ciudad con sus muros destruidos y, sin embargo, llegó el día en que pudo decir:

Hay momentos en los que esa también debe ser nuestra respuesta. Lloramos lo que haya que llorar, descansamos lo que sea necesario descansar, aprendemos aquello que debamos aprender y luego nos levantamos. Volvemos a ordenar, volvemos a trabajar, volvemos a sembrar y volvemos a creer.

Volvemos a edificar.

No desde la desesperación de quien necesita recuperar inmediatamente todo lo perdido, sino desde la paz de quien comprende que su fuente continúa siendo Dios.

Has visto mi mano moverse antes. Recuerda eso cuando llegue nuevamente la incertidumbre. No construyas tu confianza solamente sobre aquello que hoy puedes ver. Las cosas visibles pueden cambiar, pero Yo sigo siendo el mismo.

Cuando aparezca la duda, no permitas que se convierta en tu residencia. Cuando llegue el miedo, recuerda quién te acompañó en las etapas anteriores. Cuando algo salga de tus manos, no concluyas inmediatamente que todo terminó. Y cuando llegue el momento de comenzar nuevamente, no tengas miedo de hacerlo.

Porque después de la aflicción también puede llegar el descanso, y después del descanso puede comenzar una nueva edificación.


Este mensaje comienza con una escena de vulnerabilidad: “Desde la aflicción… clamaste a mí… ayúdame.” No presenta a una persona invulnerable ni incapaz de sentir miedo. Presenta a alguien que, cuando sus seguridades desaparecen, vuelve su mirada hacia Dios.

Quizá allí se encuentre una de las enseñanzas más importantes. La fe no consiste necesariamente en evitar toda aflicción. Consiste también en saber a quién acudir cuando llega.

Después, el mensaje cambia progresivamente de tono. De la pérdida pasa al recuerdo de la generosidad; del recuerdo, a la confianza; de la confianza, al descanso; y finalmente del descanso, a una nueva etapa de construcción.

Ese movimiento es significativo: aflicción, clamor, confianza, descanso y edificación.

No siempre atravesamos esas etapas rápidamente. Algunas requieren tiempo. Por eso conviene no convertir una referencia temporal personal en una fórmula aplicable a todas las personas. Lo importante no es establecer cuántos días deben pasar, sino comprender que la aflicción no tiene que ser permanente.

El mensaje lo expresa cuando pasa de hablar de descanso a declarar: “Sin afanes, sin tormentos, sin aflicciones… comenzamos a edificar.”

Tal vez hoy algunas personas estén todavía en la primera parte del proceso. Quizá estén clamando. Otras estarán aprendiendo nuevamente a confiar. Algunas estarán descansando. Y otras sentirán que ha llegado el momento de levantar aquello que parecía perdido.

Cada etapa tiene su lugar. Pero ninguna pérdida necesita convertirse automáticamente en nuestra identidad.

Podemos perder algo sin perdernos a nosotros mismos. Podemos atravesar una tormenta sin vivir para siempre dentro de ella. Podemos descansar sin haber renunciado. Y podemos comenzar nuevamente sin negar lo que ocurrió.

La pregunta no es únicamente: ¿Qué perdimos?

También podemos comenzar a preguntarnos: ¿Qué quiere Dios formar en nosotros mientras volvemos a levantarnos?

Porque quizá, después de todo lo vivido, no se trate simplemente de recuperar aquello que había antes. Quizá sea tiempo de construir algo nuevo.

Después de la aflicción, volvemos a edificar.

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