Santo Santo Santo, Hosanna al Gran Yo Soy

La naturaleza de Dios trasciende el tiempo y la creación. Inspirados por las palabras «Santo, santo, santo», somos llamados a reconocer Su divinidad y Magnificencia en cada rincón de nuestra vida.

La repetición de la palabra «Santo» no es un mero acto de énfasis, sino una invitación a reconocer la divinidad pura de Dios en tres dimensiones: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es una trinidad perfecta, una divinidad que supera nuestro entendimiento pero que llena nuestro espíritu de paz.

Isaías 6:3 dice: «Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria».

Nuestro Señor no solo es Santo, sino también Omnipotente. Su poder se refleja en la grandeza de la creación, en la complejidad del universo y en la milagrosa naturaleza del amor humano. Su Omnipresencia nos recuerda que no hay lugar ni situación donde Él no esté presente, guiándonos y protegiéndonos.

Job 37:23 dice: «El Todopoderoso, al cual no podemos alcanzar, es grande en poder; Y en juicio y en gran justicia, no aflige».

El Señor es eterno. Antes de la creación del mundo, Él ya existía. En nuestro presente, Él actúa y guía. Y en el futuro, Él seguirá siendo la luz que guiará a la humanidad. Este versículo nos invita a confiar, a saber que Dios siempre ha estado, está y estará a nuestro lado.

Apocalipsis 1:8 nos dice: «Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso».

Todo lo que vemos, desde el majestuoso horizonte hasta el más pequeño de los insectos, es un canto de adoración al Creador. La naturaleza, en su infinita sabiduría y belleza, es el coro más grande que alaba a Dios cada día. Y, como parte de esa creación, también estamos llamados a ser voces en ese coro.

Salmo 19:1 nos recuerda: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos».

«Hosanna» es una expresión de alabanza y alegría. Al decir «Hosanna al Gran Yo Soy», estamos reconociendo y celebrando la majestuosidad de Dios, el único ser eterno e inmutable en un mundo de constantes cambios.

En Juan 8:58, Jesús declara: «De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy».

En nuestras vidas, con frecuencia nos encontramos persiguiendo cosas efímeras: riqueza, fama, placer. Pero, al final del día, solo Dios puede llenar ese vacío en nuestros corazones. Él es nuestro todo, la razón de nuestra existencia y la fuente de nuestro gozo.

El Salmo 73:25-26 proclama: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre».

Nuestra respuesta natural al reconocer la grandeza de Dios es adorarlo. Es un llamado que resuena en lo más profundo de nuestros corazones, impulsándonos a entregarnos, a amar y a servir.

El Salmo 29:2 nos invita: «Dad a Jehová la gloria debida a su nombre; adorad a Jehová en la hermosura de la santidad».

Al reflexionar sobre estas poderosas palabras, seamos inspirados a vivir con propósito, reconociendo la presencia y el amor de Dios en cada momento. Que esta semana, mientras vemos la creación a nuestro alrededor y experimentamos el amor en nuestros corazones, recordemos decir:

«Santo, Santo, Santo, Dios todo poderoso, yo te adoraré». Amén.

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