Jesús es el perfume

Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a Betania, donde vivía Lázaro, a quien él había resucitado. Allí hicieron una cena en honor de Jesús; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa comiendo con él. María trajo unos trescientos gramos de perfume de nardo puro, muy caro, y perfumó los pies de Jesús; luego se los secó con sus cabellos. Y toda la casa se llenó del aroma del perfume. Juan 12:1-3

En los días en que Jesús caminó por la tierra santa se utilizaba un mármol fino y blando para fabricar vasijas (alabastro), generalmente con un cuello largo, que al romperlo; el que lo rompía accedía de ese modo al contenido del mismo. El evangelio nos dice que en ellos se guardaba el perfume. En este caso, el frasco guardaba un costoso perfume; María, en Betania, en casa de Simón quebró el vaso de alabastro y lo derramó sobre la cabeza de Jesús. El costoso perfume llenó toda la casa de su fragancia, y sus pies fueron ungidos con el aroma a ungüento.

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La mujer ofrendo gratamente todo lo que tenía, y esa entrega perfumó el ambiente en derredor. Este es un acto de adoración. Quebrar la vasija indica que ya no podrá recuperarse; derramar el perfume señala que ya no podrá volver a juntarse. La vasija y su contenido eran irrecuperables, la entrega era total y sin retorno, hasta parecer un derroche, por ofrecer algo que costaba tan caro. Solo un vaso quebrado libera el contenido precioso. La mujer llevaba un perfume para Jesús, hoy; Jesús es el perfume que hay que manifestar.

¿Por qué en algunos hijos de Dios no se percibe el aroma de Cristo? Por qué hay cristianos que son grato olor de Cristo, pero no manifiestan ese olor de vida, es por la misma razón que –como ese vaso que tenía la mujer- deben ser quebrados. De lo contrario nadie lo notará. La personalidad de algunos cristianos suele ser tan fuerte que para poder manifestar a Cristo necesitan ser quebrantados. Por otro lado, para una renovación espiritual autentica no existe otro camino que el del quebrantamiento. En la medida que el vaso es quebrado bajo el trato de Dios, el perfume encuentra una salida y comienza a percibirse poco a poco, hasta que se rompe totalmente y ya nada ni nadie puede impedir el fluir del perfume, del superior ungüento, de la fragancia de Cristo por su Espíritu. Es posible que usted esté pasando por este trato de Dios, no se desaliente, el Señor lo está llevando a su máxima expresión de Cristo en su corazón.

Cuando la mujer rompe el vaso ya no pudo impedir que se derrame el perfume. La esencia comienza a correr total y libremente. El perfume en el frasco es como la sal en el salero. Algunos cristianos son como la sal en el salero. Están allí, pero no salan; tampoco perfuman. La sociedad no se da cuenta de la presencia cristiana en su medio. Para salar mejor, habría que romper el salero, porque entonces perdemos el control y quedamos totalmente en las manos de Dios. De lo contrario, vamos salando donde nos parece, poco a poco, usando el vertedor del frasco. Eso mismo sucede con el perfume; el control está en nuestras manos. Vertemos a nuestro criterio, poco a poco, donde y como nos parece. Son gotas, solo gotas que recibimos porque también son solo gotas de nuestra vida que le damos al Señor. ¡Rompa el frasco! ¡Deje que su vida se derrame como agua en tierra seca para el Señor!, que Dios da todo cuando recibe todo.

 

*tomado de:
El fragante aroma de Cristo
Juan José Churruarín

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